La hija de las nubes

Sacó de su equipaje un reloj de arena. “Es para ti —me dijo—, para que dejes de preocuparte por el tiempo. Cuando el último grano llegue hasta abajo, dale la vuelta. Y nunca se acabará”. Eso fue lo que soñé la noche anterior a su llegada.

La noche anterior a mi viaje soñé que la señora me daba un regalo de bienvenida. “Dentro de la caja hay una nube negra”, me dijo. Pensé que en cuanto volviera con los míos la dejaría en libertad, para que las gotas de lluvia resonasen con fuerza, igual que  un tambor, al caer sobre la piel del desierto.

Verano del 96

Amelia

Cuatro años seguidos sin vacaciones, enlazando un programa con otro, sin fines de semana, horas y horas encerrada en la redacción o viajando de hotel en hotel. Qué más da el nombre de cada destino. Es incapaz de diferenciarlos. Las imágenes de pueblos y ciudades se deslizan por sus pupilas, pero nada se asienta en el fondo de sus ojos. Y de pronto, dos meses sin trabajo en la televisión —así funcionan los contratos por obra—. Una maleta vacía hasta septiembre. Porque su memoria ha olvidado los afectos y no encuentra nada importante que pueda meter en su interior.

Salma

Hace varias semanas que preparó su mochila. Casi todo el espacio lo ocupa la melhfa que han cosido las mujeres del barrio para su madre de acogida. Es costumbre que los niños del campamento lleven esa prenda como obsequio. También ha guardado su único par de pantalones de repuesto. Pero ya le han contado que siempre les compran ropa en cuanto llegan a España. Y juguetes. Y golosinas. A ella todo eso le da igual. Lo que está deseando ver es el mar. Cada noche se duerme imaginando cómo será su melodía.

Amelia

“Quién me manda a mí”, pensó mientras dejaba su coche en el parking del aeropuerto. No sabía si estaba arrepentida o sentía miedo. Dos meses con una niña, con una desconocida a la que tendría que enseñar de todo. Incluso el idioma. Había leído mucho sobre el pueblo saharaui y sus condiciones de vida en los campamentos de Tinduf, donde carecían de necesidades tan imprescindibles como el agua corriente o una cama para dormir. Caminó deprisa. Era su manera habitual de hacerlo. Con la mirada ausente, ajena al traqueteo que orquestaban las maletas sobre el pavimento. De pronto, la vio. Más pequeña de lo que suponía. Con unos ojos generosos, tan oscuros y vivos como el fluir de un arroyo en la noche. Desde el primer instante, sintió la fuerza cautivadora de Salma.

Salma

Había dejado atrás el marrón de la tierra, de las casas de adobe, del sol oscurecido por las altas temperaturas del desierto. Un pájaro sin plumas, ruidoso y con el vientre suelto la transportaba en su interior, atravesando nubes vacías. La mirada cargada de imágenes nuevas, extrañas, mágicas. Tanto que aprehender. Después de retirar el equipaje, cruzó, junto a sus compañeros, la siguiente puerta automática. Del otro lado, asomaba un bullicio como en los días de mercado. Pero no olía a leche de cabra ni a pan, sino a sudor de cuerpos estáticos y bien alimentados. Observó a la mujer que se acercaba hacia ella. Era mucho más joven de lo que suponía. Y tan guapa como las actrices del cine ambulante. Le gustó su olor a naturaleza artificial, sus gestos inteligentes, su manera de mover las manos para mostrarle el porvenir. Sin duda, había tenido suerte con Amelia.

Verano de 2021

Amelia

¡Feliz treinta y tres cumpleaños, Salma! ¿Sabes que yo tenía esa edad cuando te conocí? Por supuesto que sí. Porque nada a tu alrededor te resulta indiferente. Entonces, yo aún desconocía el valor de nuestros cinco sentidos. Fuiste tú quién me abriste las puertas de la vida, quien me enseñó a mirar y a disfrutar. Ahora me conmuevo con el olor de las manzanas y me detengo a seguir el rastro de una gota de café mientras se desliza por el borde de la taza. Me siento tan orgullosa de ti. De tu decisión. Me gustaría que te hubieras venido a España. Pero sé que haces más falta allí. Y que los niños del campamento son muy afortunados por tenerte como profesora. He intentado llamarte. Tenía muchas ganas de oír tu voz. Pero hoy no funcionan las comunicaciones. Espero que, al menos, recibas pronto esta nota junto a mi regalo. No es una nube negra. Ojalá.

Salma

Huele el paquete antes de abrirlo y sonríe. Las hojas de los libros y la tierra humedecida por la lluvia exhalan sus aromas preferidos. La primera vez que vio una pared llena de libros fue en casa de Amelia. Intentó contarlos uno a uno y se perdió entre los números. Después, quiso leerlos todos y Amelia, con paciencia, le iba mostrando el camino entre las palabras para que no se confundiera. Gracias a ella conoció la dicha de leer y supo por dónde tenía que guiarse hacia el futuro. Recuerda que Amelia todavía no escribía o lo hacía en voz baja, a escondidas. Empezó a escribir en alto durante los días que pasaron junto al mar. A Salma le encanta recibir cada una de sus obras. Pero la de hoy, la que le ha enviado por su cumpleaños, es muy especial. Arranca el envoltorio y, con ojos centelleantes, lee el título en su portada: Salma, la hija de las nubes.

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